La mulata de cordoba y la historia de un peso

Hallabase presa, hará muchos años, en las cárceles del Santo Oficio, según cuenta el vulgo una famosa hechicera (llamada la Mulata de Córdoba) traída a buen recaudo desde la villa de ese nombre a México. Seguramente aquel sitio no debió parecer un albergue de delicials a la nueva Medea, pues a poco de estar en él determino trasponerse. Mas como de suyo era persona comodina y atenta (los que conocen de trato a los brujos aseguran que no todos tienen estas buenas partidas), quiso, antes de salir del hospedaje, dar aviso a los señores de la casa. Para esto resolvió aprovechar la primera ocasión en que viniese alguno de ellos a su calabozo.

--Señor alcalde, ¿que le falta a este navío? --dijo un día la bruja al honrado cancerbero de aquellas cárceles, señalandole un buquecillo que con carbón había dibujado en la pared.

--Mala mujer --contesto el gravedoso guardían--, si supieras cuidar tu pobre alma com sabes hacer otras cosas, no darías en qué entender al Santo Oficio. A ese barco le falta que ande.

--Pues si usted lo quiere --dijo la encantadora-- él andará.

--'Comó! --replicó sorprendido el alcalde.

--Así --dijo la hechicera, y diciendo y haciendo de un salto entróse en el navío, el cual, ¡oh portentos de la brujería!, tan presto y fugaz como una visión desapareció con la pasajera, de los ojos del atónito ministril.

Nada volvió a saberse de ella por algún tiempo en México; mas al fin hubo noticia de que su buque lineal había atravesado todo el Pacifíco y a pocas horas de su salida de México estaba en Manila; cierto que la mujer caminaba aprisa.

Los demonógrafos mexicanos no habían logrado después de esa época rastrear el paradero de la bruja: su expedición a las Filipinas era lo último que de ella se sabía, y esta fiel y peregrina historia había quedado incompleta. Afortunadamente, podemos ahora ministrarles materia para agregar un capítulo a su biografía, y quiza no sera el menos curioso que en ella se lea.

Es, pues, el caso, que la hechicera de Córdoba vivia hace pocos años, y sin duda vive aún en al presente. No se espeluce alguno de nuestros lectores al saber esto, temiéndole vaya a aparecérsele, la noche menos esperada, alguna espantable visón de la bruja con ojos encedidos como fuego, aletas rugosas de murciélago, a horcajadas en un sierpe, y que se etre por la chimenea de la cocina para hacer en casa malignos desaguisados. No, la maga de Córdoba no es de esa perversa ralea de estantiguas, ni hay noticia histórica o tradicional de que haya causado espanto a ningún cristiano, salvo al alcalde de la Inquisición. Procura hacer siempre sus prodigios sin daños ni menoscabo de tercero.

Lo que acerca de ella hemos podido adelantar ahora se reduce a una breve conversación que tuvo hace poco en cierto lugar de la República, y a una descomunal aunque inocente brujería que despacho allí en un santiamén, delante de una persona con quien hablaba. Tenía ésta un peso fuerte en la mano, y se dejó decir:

--¿Por cuantos dueños habrá pasado este peso?

--No me costaría trabajo adivinarlo --dijo la cordobesa--, y aun hacer que el mismo peso nos lo dijera. ¿Quieres que pongamos manos a la obra?

--Por Dios, que sería una cosa de ver --le contesto su interlocutor-- que un peso hablara y que compusiera él mismo su historia.

--Pues lo verás al momento. --La maga tomó el peso, pronunció sobre él ciertas palabras cabalísticas, y como si éstas le hubiesen introducido algún mal espíritu, pues la magia blanca no alcanza a tamaño prodigio, el peso se solto hablando.

Yo te ordeno, por la virtud que tengo --dijo la hechicera--. que refieras, cuanto te ha pasado desde que fuiste acuñado en la casa de moneda.

--Obedezco --Contestó una voz que salía de dentro del peso, algo parecida, según dicen, a la óyo el estudiante don Cleofas Pérez Zambullo la noche que sacó al pobre diablo cojuelo de la redoma en que le tenía enjaulado un mal bicho de químico de Madrid--; obedezco: alguna he tenido ya que hacerlo con los hijos de Adán, y a fe que me sera más grato mostrar mi respeto a las bellas hijas de su consorte. Ustedes van a oír la historia de este peso, que ahora es una misma cosa conmigo, como lo son no pocas veces los pesos y los diablos. Atención, pues: ya comienzo.

''Lucido y flamante, objeto de universal codicia y del tierno cariño de cuantos me veían, salí de la Casa de Moneda de México, víspera de Navidad, y fui llevado en compañia de novecientos noventa y nueve hermanos míos a la morada de nuestro primer dueño, minero rico. No parecía sino que a éste le era perjudicial o vergonzoso tener consigo a nuestra familia, según la prisa que se dio en echarnos fuera. Sin hacer alto en su casa más que un breve rato, yo me vi trocado aquel mismo día por confituras y golosinas de la Nochebuena. Aunque guste grandemente de mi nueva ama, que era una pobre mujer, no pudo, sin embargo, resistir a la fuerte comezón que le cause en las manos, y luego al momento, me solto en un tienda de ropa. De ella pasé a un almacén, cuyo dueño me depositó en una poderosa arca de fierro, al cerrarse la cual oí cerrar sobre mí cien pasadores del mismo metal, y temí quedar allí sepultado para toda eternidad.

''No fue, sin embargo, de esa manera, porque andando días se me trocó por una letra al descuento (mi amo era igualmente diestro en contar y descontar); la cual letra debía conducir a casa dentro de cierto término a un mayor número de deudos míos. Este almacenista no se parecia al minero, pues nos profesaba el más cordial afecto y se creía muy honrado de tenernos en su compañia.

''El de la letra descontada tuvo que hacerme pasar bien contra su voluntad, a poder de un médico que por cierto homicidio cometido en la casa de la persona de un malhadado enfermo, obligó a mi amo a pagarle una fuerte suma de pesos. Entre ellos iba yo, pecador de mí; y pocas veces en el discurso de mi vida me he creído tan estafado como entonces, pues realmente fuí precio de humana sangre.

''El discípulo de Galeno me entregó a un quídam y este a un tercero, quien me llevo a cierta casa, donde vi lo que hasta entonces no había visto; una buena porción de gentes ocupadas seriamente en una labor que a vueltas de perniciosa tenía no poco de extravagante.

"Acá gana una judía,
allí las sotas se dan,
piérdese un buen ganarán,
o quiebra contra judía,
Allí sin soga se amarra,
se apunta sin escopeta,
sin necesidad se aprieta,
se mata sin cimitarra,
También se entierra sin ser
doctor ni sepulturero.
Y, en fin, se pierde el dinero
sin oír, sin hablar, sin ver."

(¿Donde habría leído este erudito diablo la indulgencia para todos? Pero sigamos oyéndole, que aún le queda no poco que contar).

''Apenas mi amo tomó asiento entre los parroquianos, cuando yo volé de sus manos a las del montero, y entré luego en tal agitación y movimiento, que mudé cien veces de sitio en el breve espacio de dos horas. Asi me fue imposible conocer a mis dueños, en lo cual no creo haber perdido gran cosa; y vine por último a dar al bolsillo de uno que tenía por oficio cesante, quiero decir, haber dejado de trabajar; oficio peculiar de México que acaso no le hay en otra parte del mundo, y que tal vez costará trabajo entender al que no haya nacido en esta feliz tierra de promisión. El caballero cesante me traslado aquel mismo día al talego del verdugo de su casero, como él le llamaba, con quien parece no tenía muy en corriente sus cuentas; y del casero pasé felizmente a las benditas manos de una santa religiosa, que viéndome aún rozagante y lustroso, me destinó con otra gente menuda de mi familia a servir de obsequio, puesto sobre un ramo de flores, a su padre predicador. Este me trasladó a una tienda, en cuyo cajón o cepo acababa yo de caer, cuando de rondón se entro allí un don Cómodo, amigo íntimo de mi amo, y sin más saludo ni circunloquios, dijo a éste:

''--Déme usted presto una onza que he menester.

''--No tengo oro --contesto el mercader.

''--Pues aunque sea plata --replicó su íntimo amigo.

''--No hay sino doce pesos --pronunció en tono tibio el primero, el primero contándonos entre sus manos a los que estábamos en el cajón.

''--Vengan --dijo resueltamente el pedidor--, y me queda usted a deber cuatro.

Mi amo no poco sorprendido de sacarle deudor, nos entregó, sin embargo, a su amigo, aunque a mi parecer no lo hizo de la mejor voluntad. Cuidó, sin embargo, de apuntar al momento con letras gordas en su libro: "D.N.N. debe: por doce pesos que en plata fuerte se le prestaron hoy para devolverlos luego en la misma moneda". Dudo que el buen mercader haya tenido después que sentar partida de data en la tal cuenta.

''Sería muy largo referir todo lo que me sucedió salido que fui de las garras de don Cómodo. Yo atravesé el país en todos los rumbos y direcciónes, sirviendo de precio a cuantos objetos consume o devora la necesidad, el capricho o la tontería de los hombres. Unas veces arriba, otas abajo, trocado aquí por oro, allá por ciento, defraudado cien ocasiones, escatimado, prodigado y casi nunca empleado con cordura. En poblado, en despoblado, en la ciudad, en el cortijo, muy a menudo he ido a dar adonde no debía, y casi nunca he pertenecido a legítimo dueño. Aquí me veía atrapado por la locuacidad de una rábula, allá por los embrollos de un curial, acullá por la tiranía de un alcabalero, más adelante por las marañas de un bravo depositario adornado del singular talento de quedarse, bajo cuenta y razón, con cuanto se le confiaba, y sacar además deudores a los dueños. Si el día del juicio se me quisiera citar como testigom, ¡válgame pluton!, qué de cosas podré certificar. A pocos de los infinitos amos que he tenido dejaré de sacar los colores al rostro.

''Por remate de mis largos viajes fui a dar (horas menguadas debe de haber) en el hondo talego de un avaro, que no tenía otro placer en la vida que allegar a mucha gente de mi familia, contarnos con temblorosa mano, examinarnos uno a uno, escrupulosamente, y luego sumirnos, para no ver más la luz del día, en un viejo arcón, sobre cuya tapa podría escribirse lo que leyo el Dante sobre la puerta del infierno:

''Lasciat' ogni speranza, voi che'ntrate.

''En efecto, yo la había perdido de escapar jamás de aquel encierro, cuando quiso la suerte que a mi amo le sonara la hora fatal. Un sobrino suyo (lenguas mordaces le suponían parentesco más cercano) fue su heredero, y se propuso dar pronta libertad a cuantos cautivos tenía encarcelados el bueno del tío. Por su orden volé yo a una tienda de modista, la cual me trasladó a manos de cierto empleado de aduana en un puerto, de donde fui a dar a las de un altísimo personaje en la corte, quien me pasó por un ministerio de tercera persona a las de una gentil huri, sobre la cual Su Excelencia hacia llover oro, como Jupiter sobre la honrada hija de Eurídice. Este especifíco que con tan buen éxito empleó hace siglos el padre de los dioses y rey de los hombres, no ha perdido nada de su prodigiosa virtud para templar rigores y ablandar corazones. Al revés, podria creerse que cada día es mayor su eficacia, y que a manera de los vinos generosos, gana y mejora la condición con los años. Yo lo sé por experiencia propia.

''Mi ama, la huri, me despachó en casa de su joyero, en abono de largas cuentas que con el tenía. El joyero, despues de algunos días, me encerró en un cajón bien clavado y bien acondicionado, y me destinó a correr cortes allende los mares. Fui, pues, llevado al puerto en conducta, y puesto allí en un buque el que en sesenta días me traslado a Europa, el país de ventura para el dinero, a la tierra de la civilización, donde lo que hay que ser es oro o plata para recibir adoraciones. No referiré lo que allí me aconteció, que fueron muchas y peregrinas aventuras, porque deseo llegar a la mayor de todas, y que pocos de mis deudos podrán contar, a saber, el haber vuelto a la patria: bien que es verdad que traje de una forma diversa de la que había llevado y que, como muchas de las personas que retornan de Europa a América, volvi bien bruñido, luciendo mucho y pesando poco. Es el caso, que después de haber corrido por innumerables dueños, caí en manos de un fabricante en París, quien aprovechando la divisibilidad infinita de la materia, me distribuyó a mí y a otros pocos hermanos míos en las varias piezas de un elegante neceser que corrió todo por de plata puta y de buena lty. Cada uno de nosotros representaba allí lo que era, y se nos atribuía un valor treinta veces mayor del que en efecto teníamos: ¡milagros de la industria! Ufano, pues, con esta feliz transformación, bien colocado en una preciosa arquita de caoba embutida y barnizada y acompañada de mil lindas bujerías que formaban el aparato de neceser, volví a México despues de algunos años de ausencia, y tuve la suerte muy rara de verdad, de no tropezar en aduana ni garita. Virgen de todo contacto de vistas y alcabaleros, subí hasta la capital y fui presentado a la espectación del público en una gran tienda de mercería, calle de... El precio de cuatrocientos fuertes que mi amo puso al neceser atrajo a una multitud de curiosos que todo el día se llegaban al mostrador a examinar la preciosa alhaja. Más, por último cierto litigante, cuyo pleito acababa de votarse, hubo de adquirirnos para manifestar su gratitud a uno de los jueces, magistrado catoniano que no podía sufrir ni el nombre de cohecho, y que los jueces, conforme al docto parecer del parecer del casuista Molina, pueden recibirlo de las partes en muestra de su reconocimiento por la justicia que les han administrado. Yo no sé qué pensaria de esta opinion el litigante que había perdido el pleito. El golilla a quien pasamos colocó el regalo sobre un poderoso bufete de caoba, donde por algún tiempo estuvo siendo uno de los mejores adornos del escritorio.

''Mas andando días, la falta de pagas y la escasez de litigantes agradecidos lo obligo a deshacerse una tras otra de casi todas las preseas que en época de más ventura había acumulado en casa. Llególe su turno al neceser, y no tan bien vendido como la primera vez, pasó al retrete de una elegante señorita, a quien sus padres pusieron casa porque en aquellos días había encendido la antorcha del himeneo. No fuimos allí mueble de simple ornato como en el escritorio del magistrado, pues nuestro amo ponía en movimiento cada mañana casi todas las piezas del abundante neceser para despachar su toilette, ocupación la más grave de cuantas llenaban el bien empleado curso de su vida. Con este uso continuo, con el abandono y descuido de amos y criados, la bella alhaja envejeció antes de tiempo; y trunca en mas de la mitad de sus dijes y piezas, pasó, ignominiosamente, a la tienda de un almonedero. Este creyó que era buena especulación la de convertir en pesos las piezas que aún quedaban de plata; y machacándonos, en efecto, bruscamente redujo a su antiguo valor lo que el hábil fabricante de París habia sabido multiplicar con prodigio; volvimos, pues, digo, la plata que allí había, a lo que antes éramos, unos pocos pesos nada más; de la misma suerte que un pronunciamiento bien logrado reduce a su primero y desvalido ser a los héroes que había creado otro pronunciamiento anterior.

"Restituido a la forma de peso..."

--¡Chitón!, --dijo en este punto la bruja al sentir pasos de alguien que llegaba, no queriendo que todos fueran testigos de sus brujerías.

El espíritu encerrado en el peso, obedeció la señal de silencio, y la pieza de plata quedó tan muda como el día que salió de la Casa de Moneda.