El Jarro

Cuando yo muera de mi barro
hágase, comadre, un jarro.
Si de mí tiene sed, beba;
si la boca se le pega,
serán besos de su charro.

El fino amador de sombrero anchísimo y guitarra negra y ronca pide a la elegida de sus coplas que recoja sus cenizas tapatías; que con ellas amase las pastas de los alfareros, que las convierta en la copa de los humildes y recuerde al difunto a la hora de la libación, cuando mas lo eche de menos, segura de que si el jarro le agarra la lengua o labios, es que el alma en pena la besa todavía, la besa furiosamente hasta la adherencia, soldadura o aglutinación.

¿Y por qué el cantor no pide convertirse en algo más poético que un trasto, un cacharro, una cosa frágil que al menor descuido se cae y se rompe? Porque para esos rápsodas de caminos polvorientos, cortijos, trojes y rancherías, el jarro sigue siendo un utensilio étnico, simbolico, amado.

Sí el jarro que vemos alternar con legumbres en las recauderías; el que viste de lumbre por todo su vidriado en las verbenas, en los puestos al aire libre, caldeado por el sol; el jarro que forma labores en las cocinas anticuadas y hasta en los frescos corredores a la castellana, constituye, en ocasiones, el único bien mueble de muchos que siempre tendrán hambre y sed de todo.

El mendigo de verdad, el que disputa un guiñapo a los perros de muladar, el oliscador de cocinas, además de su bordón, su capa de remiendos, su tonelada de vendajes en los pies reventados por el mucho andar, lleva siempre consigo, cerca del escapulario, con la misma delicadeza que si fuera un niño dormidito, el jarro de rigor, atezado, desportillado, adobado... En la mañana le sirve de cigarrera; al mediodía, de alcarraza; en la siesa de vajilla; en la prima noche de crátera, y durante el sueño --envuelto en los mismo repliegues que el lirón--, de cerrada escarcela.

¿No habéis visto en la mañana a esos presos en cuadrilla que llaman la "remisión", rumbo a Belén? Hombres y hembreas, demacrados, abotagados, cenicientos, extenuados por la vela en la comisaría; unos, llenos de cardenales en la cara; otros, con las ropas hechas tiras; éste, sin el sombrero; aquél, con jaquet, pero sin corbata y con hombreras de fango. Todo lo han perdido; pasan por las vías populosas; quizá con un poco de vergüenza rezagada; en la orgía, en la borrachera, en la riña, dejaron su dinero de bolsillo y todas sus amistades, porque si de esta guisa los ve pasar un amigo, o un protegido o su explotador, éstos se harán de la vista gorda... Sólo el rebozo, ese rebozo que no se anda con distingos, y lo mismo es velo para casamiento que sudario, sólo el rebozo desprestigiado, vuela tras los pobrecitos aprehedidos, y les da cigarro, criollos, calderilla... y un jarro. Antes que todo, hay que llevar un jarro a la prisión, donde nunca se úso tener vajillas para las visitas. ¿En qué beberá, alma mía de mi hijo el encausado? ¿En qué tomará su ración el mentado costeño, si no tiene cerca a la chica que ha jurado gastar en velas para la Soledad todo lo que le queda de pulmones de planchadora? En un jarro se liba, pues, el primer trago de los acíbares de la justicia.

En cambio, ved esa mujer solícita, que cuando las fábricas silban, y cuando las campanas plañen las doce, va por ahí bebiéndose los vientos. Lleva en el regazo el adorable infante sin apellido y en la mano colgante y robusta una cesta que huele a almuerzo apetitoso con servilletas de puntas duras por el almidón, y asomando su boca vidriada el jarro, donde el pulque se golpea y va haciendo babas y espuma. Allá, bajo de los andamios, el hombre que parece modelado en ese mismo barro de los humildes; allá viene cubierto de arena, de cal y de sudor; un beso al muchacho, a quien por los aires voltea como si fuese esquila, y en seguida, tras un jadeo, toma a dos manos la vasija pesada y, trasegando, la aligera; una vasija donde no han respirado hondo sino dos bocas; la suya y la de su mujer legítima, que lava, escurre, orea y cuida la prenda como si fuera un cáliz.

Y hace bien. ¡Ay de la pobre molendera que contempla boca abajo sin uso el jarro de su hombre! ¡De seguro abreva en fuentes de adulterio!

¡Esas despedidas de los pobres en las puertas del hospital! Después de las bendiciones, del pungitivo testamento verbal; cuando las mujeres se enjugan el llanto con el rebozo, o con las enaguas, o con la mano trémula; después de hacer de nuevo los veinte encargos --¡sobre todo que no le falte aceite a la lámpara, ni salga luz después de las siete!--, tras de repetir cinco veces cuáles son los días de visita y quŕ trámites se siguen para ella y cómo se llama la sala..., uno de los oyentes tragándose el llanto, los sollozos, el alma, con ademán tragico alarga al paciente... un jarro, un jarro para su atólito. !Creen todavía esas gentes rudas que los hospitales son antesalas de la tumba; creen todavía que como en épocas de si con atolito vamos sanando, etc., se alimenta a los enfermos con eso, y para recibirlo cada quien debe llevar el pistero que su piedad le dicte!

En las verbenas pasean los novios. Casi todo el gasto se les ha ido en pagar el tren y en unas cuantas cañas y naranjas; recorren las callejuelas de barracas, y de seguro donde se detienen más tiempo es en los puestos de loza. ¿Para qué le sirve a la prometida de un insolvente el cerdo-alcancia? ¿Para qué el mono que representa un charro? ¿Para qué las ensaladeras? Y el espíritu práctico y la ternura elemental concuerdan en elegir nada menos que un jarrito de esos de forma gallarda, de esos que por un lado parecen verdes; por el otro, bronceados; por otro, negros. La luz juega en sus cambiantes metálicos, y ¡que fría y sabrosa pondrá el agua serenada en el borde de la pileta, junto a la macetita de la albahaca! Acaso esta vasija, acaso sirva para contener el agua con que la doncella asperje con la punta de los dedos, o con chambelán de boca fresca el ramillete; tal vez descollará en la mesa de palo blanco, con su moño azul, como juguete de tocador; quizá repleto de espuelas de caballero, mastuerzos y rosas de Castilla, inciense con aromas del jardín, al santo borroso de la peana flecada de papel de china azul y blanco.

Mil veces don Atenógenes se ha bajado del pescante para volarle los cascos a la viuda de ese pobre Nemesio, a la aguerrida mulata de camisa bordada de rojo, la que vive de lavar camisas de señor. Ella, sin dejar las prendas almidonadas, le oye, y ríe, patina que patina su plancha caliente.

--¡Ah, qué mi compadre tan boquiflojo!; ¡puras echadas!; ¡usted no quiere a nadie! --Parece fuerte como una torre de castillo, pero no lo ve frente a frente. A la hora en que él habla de irse y remudar sus cuacos, nunca falta el barrilito hervoroso para refrescarse ni la jícara donde verter el licor de la amistad. Uno de tantos días, la viuda de Nemesio llega al trastero, toma de ahí un jarrito muy cuco de los de Guadalajara, y echando llamas por los ojos, desatinadamente sirve el refresco de la hospitalidad en el jarro íntimo y de lujo.

¿Yo nada más bebo? ¿Por qué no sirve para dos? Ella contesta con una carcajada de despecho y de burla.

Con todo y andar, el compadre, por todas las calles de México y de desvelarse toda la noche... ¡es usted muy niño! ¡Servir dos jarros después de cuatro meses de conversa!...

Se percata el debelador de la recia matrona de todo el significado de un jarro para dos personas de distinto sexo, se da cuenta de que ella por fin cede y...

--¡Béselo usted primero!

--Por todo, todo, y quiera Dios...

--¡Que se me vuelva ponzoña si no cumplo mi palabra!...

Y pasa de unas a otras manos hasta cinco veces; libaciones nupciales como en los tiempos paganos.

El general, cubierto de polvo y de gloria; el peregrino fatigado; el prófugo; cuantos pasan por una ranchería de las de mucho ladrar de perros y cacarear de gallinas, a las veces se detienen, gritan los buenos días, piden por amor de Dios, o por el amor de la madre, un poco de agua. Eso nunca se niega ni al mayor enemigo...

Si os ofrecen en vaso, en el vaso tosco, turbio, vaciado de cocolitos o cordones salomónicos, seguid vuestro camino; nada más esperéis de esas gentes respetuosas, sí pero no amigas del sediento. Mas si la chiquilla de la casa, ostentando nieve en la dentadura, deslumbradora al reír, os presenta el jarro venerable, el jarro de los abuelos, el jarro que se lleva al ojo al atardecer, el jarro que sabe, ¡ay!, a citas detrás de los órganos color cardenillo y bajo los arboles viejos del camino, deteneos, echad pie a tierra; podéis dormir en ese jacal, nadie os entregará, así vengan las tropas del supremo gobierno.

Con jarro destetan a sus chiquillos y un jarro sin asa, sordo, por las roturas, como cubierto por todo lo negro del humo del hogar es el postrer vaso en que unas flores de tiesto, o de pobre jardín o del campo, que es de todo el mundo, alegran con manchas de colores vivos la tarima, la estera, la tierra apisonada en donde se estira el cadáver del hombre de la casa.

Despues de reflexiones como las hechas, ¡que elocuente me parece la quintilla del cantador:

!Cuando muera, de mi barro,
hágase, comadre, un jarro!