El Paraíso Colonial

Si es o no invención moderna,
Vive Dios, que no lo sé.

Baltasar del Alcázar. Cena jocosa.

Frontero al Palacio Nacional, en el punto donde interceden dos de las calles de mayor tráfico ciudadano, entre el ruido de las bocinas de los coches y camiones, de las campanas de los tranvías, de los reclamos estrepitosos de de los vendedores; al sur del barrio de las tiendas otomanas, con su barrillería indescriptible, sus botones de hueso y de nácar, simetricamente cosidos a los cartones, sus lápices de mina corriente, sus órganos de boca, alemanes, su percales para delicia de las fámulas de la Merced y sus pomos de todas flores, illang-illang y heno cortado; al oriente, la derruida Universidad, con sus puestos de neumáticos para huaraches; sus montones vegetales "de a cinco" y sus rápsodas que ofrecen --mediante prueba de canto-- los corridos populares en hojas impresas con curiosos grabados de diablos, aparecidos, hadas y héroes, se encuentra el paraíso de los colonialistas mexicanos.

Es El Volador.

En aquel sitio es donde, aseguran los cronistas --los coronistas--, estuvo el volado, volantín de los aztecas primitivos y cuyo terreno Hernán Cortez legara a la ciudad de México, para que sólo tenga uso de mercado hasta la consumación de los siglos. El volador mexicano, como el Rastro de Madrid, es el muestrario del vejestorio y de la curiosidad, mezcla de foire des puces y de curio store. Su topografía y su clasificación se intrincan como un laberinto. De sus cuatro puertas, que dan a sendas calles, irrumpe muchedumbre de visitantes. Son más los curiosos que los compradores.

En las barracas de El Volador, como en una variante del arca de Noé, se amontonan todas las especies de hierro labrado: la cerrajería, la balconería, la lampistería, los clavos, la llave de tuercas, las herraduras, el bozal, el componedor de imprenta, el compás, el cortaplumas, el cuchillo de cocina, los tornillos, las alcayatas, el hacha, la escuadra, la plomada, el lavabo, la cuchara de albañil, el cortavidrios, el martillo, la plancha común y la plancha eléctrica, la sierra, la alezna, la lima, el cincel. la pala, la cadena, el rastrillo, el candado, el azadón, la aldaba, las tijeras, la balanza, el molino, el candelero, las tenazas. Hay cosas en orden y clasificación y hay cosas aglomeradas y confusas; unas se amontonan en el suelo y otras se muestran en anaqueles y cajetillas: la cajilla de los resortes, la cajilla de los punzones, la cajilla de los portapantallas... Hay cosas viejas y hay cosas nuevas. La gente va a buscar las cosas nuevas a precio más bajo que el de las grandes tiendas, pero el observador sabe que los precios de las cosas nuevas son, en realidad más altos que en las grandes tiendas.

Las barracas de hierros alternan con las barracas de la baratería y las las antiguallas. En México, a estas barracas se les llama "puestos". Hay puestos de fonógrafos, puestos de utensilios eléctricos, puestos de piedras falsas, puestos de loza y vidrio, puestos de sombreros. Entrando por la puerta del norte, que da al Palacio Nacional, está la sección de los armeros, los que venden las armas de fuego, el rifle de salón, el revólver de cilindro, la pistola automática, los cartuchos y los fulminantes; por la puerta del sur están los puestos de los zapateros, los que venden las polainas y los chanclos de gamuza, ribeteados de cinta y olientes a tintura de cascalote, de uso corriente en las curtidurías; los zapatos de becerro, de suela dura y rechinante, las sandalias o huaraches, con sus correas de intrincadas grecas.

En El Volador, los libreros tienen su zona. La librería de César Cicerón, el vasco, especialista en libros de texto, que sabe discurrir con aplomo sobre los libros de medicina y explica por qué el testuz en español debe preferirse al testuz en francés; la libreria de Angel Villarreal, el hombre que cachazudamente espera a que el estudiante que ha ido seis domingos a regatear "María" o "La hija del campesino", suba diez centavos a la oferta; la librería de Juan López, el viejo masón, liberal de la época del Constituyente del 57, que se complace en poner rótulos de controversia política a cuantos grabados, cromos y litografías religiosas caen en sus manos, incluyendo, por de contado, los retratos de las gentes del partido conservador, de curas y prelados y de hombres señalados como de ideas reaccionarias. Los domingos, las librerias se extienden en mesas anexas, en las cuales se amontonan las colecciones de la "La Ilustración Francesa", los argumentos de óperas y los folletos sobre agricultura, industria y comercio.

Los anaqueles, el mostrador, los pilare, todo es aprovechado en las barracas de los libreros para la exhibición de muestras y enseñas. Sobre el muro exterior, cordeles paralelos sostienen bandas de las materias más disímiles: bajan sucesivamente, hasta el suelo, la "Ley Orgánica de Ramo de Pesas y Medidas"; el "Informe del gobernador coronel Ahumada a la H. Legislatura del Estado Libre y Soberano de Chihuahua, en 1905"; los "Errores científicos de la Biblia"; "Los grandes inventos", de Luis Figuier; la "Historia del almirante Jean Bart"; los "Anales del Museo Nacional". Qunta Epoca No. 3: el "Compendio de raíces griegas", por el doctor Díaz de León, y los discursos de Arturo Juega Farulla, de Montevideo. Prendidos a un cordel, en el que se sostienen con pinzas de madera para ropa, están los cuadernos de "La Novela semanal". En hilera, sobre el mostrador, autores españoles y mexicanos, Valle Inclán y Baroja, Caso y González Martínez; luego, unos tomos de Darío, de las obras completas, con autógrafo del niño Rubén Darío Sánchez y destacando su nota naranja, otros de la colección de "La cultura Argentina". Cogida también con pinzas de madera, una lámina antigua, con este rótulo: "Retrato de señora, cuadro de Jacinto Rigaud". La señora lleva un sombrero de hierbas y flores en apretado haz, atadas con un lazo salmón. Ha venido a pararse cerca de un pozo, en cuyo brocal hay una carta con sello rojo, y una cubeta azul. Sobre una falda de concéntricos olanes cae, desmayado, un abanico de plumas pende una gran borla verde; la borla ata unos impertinentes de oro. La señora sonríe, con su sonrisa triste; su mirada se pierde mucho más allá del pozo adonde ha venido, quizá a una cita amorosa. Un caballero --y esto ya fuera del asunto del cuadro-- se acerca a la lámina y la examina con gesto conocedor. Rigaud --murmura--, ¡ah, sí, Rigaud..., ya lo creo..., es un pintor.. francés! Satisfecho, vuelve a contemplar la lámina, volviendo la cabeza en señal de aprobación. Después, baja la cabeza y se pone a examinar los libros del mostrador. Hace varios meses que está ahí colgando en las pinzas de ropa este pliego de música, sucio, amarillento, punteado por las moscas. La portada tiene una escritura inglesa, con mayúsculas de ornato de presión fuerte y de presión suave, en armónica alteración. Es una obra italiana, impresa en Francia en 1844, que dice:

"Amor gli scuti strali
trió dans l'ópera
L'Apoteosi D'Ercole
Musique
de Mercadante."

Nadie ha reparado en Mercadante. El Volador no es sitio frecuentado por músicos. Arriba del trío de Mercadante ha sido colgada otra lámina, ésta si muy atractiva para los visitantes. Tiene, en rotograbado, una docena de retratos militares y este rótulo: "Generals who have added lustre to french armas". Abajo de la lámina, sujeto con alfiler, un cartoncillo manuscrito que dice: "10 cents".

Llega un señor de paso lento, de mirada profunda, de traje modesto. Lleva, debajo del brazo, un objeto envuelto en un periódico. Llega distraidamente, como por casualidad, como si no quisiera detenerse ahí. Calla por un momento; hecha una mirada a los libros más proximos. Después:

--¿Se interesa usted por un libro antiguo?

--Según responde invariablemente el librero.

Hay otra pausa.

--Tiene más de cien años --se atreve a aventurar el señor del bulto.

El librero esboza una sonrisa

--Lo veremos --responde

El señor del bulto no se mueve

Tengo una oferta de treinta pesos por él.

Después coge el bulto, alisa el periódico que lo envuelve, desdobla el periódico, y muestra un libro que de forro de becerro. No hay duda ahora que se trata de un libro viejo.

--Tengo oferta de treinta pesos --repite, y pone el libro en manos del librero.

El librero ve el lomo del libro y en seguida lo abre por la portada; recorre distraídamente algunas paginas y acaba por examinar el índice. El vendedor no despega los ojos del librero; con los dedos ejecuta un repiquito sordo sobre el mostrador. Esta muy serio, muy serio.

--No me interesa --dice de pronto, decididamente el librero, volviendo el libro a su dueño.

--Es un libro muy antiguo, tiene más de cien años me deshago de el por necesidad; esta completamente agotado; ¿cuánto ofrece usted? Fijese en que tiene cuatro láminas de cobre.

No me interesa... pero le daré cincuenta centavos.

El vendedor abre unos grandes ojos. Se hecha hacia atrás. Protesta. Es una edición completamente agotada. Tiene cuatro láminas de cobre. Es un libro de familia, lo adquirió su abuelo. Está dispuesto a bajar el precio; pero no tanto. Es de 1794. ¡Están tan escasos los libros del 700! Tiene una magnifica oferta pero no ha vuelto a ver a la persona de la oferta. El librero no cede; dice que apenas encontrará comprador por setenta y cinco centavos, después de muchos días. El vendedor vacila; se calma; calla un momento --¡En fin! --dice-- por ser domingo. Todo está cerrado. Es de usted.

Y se retira, paso a paso, murmurando: ¡Si no fuera hoy domingo!

El librero coge un cartoncillo, cuyo extremo inferior introduce entre las hojas del libro. Después coloca el libro en el mostrador. En el cartoncillo ha escrito, con lápiz: $8.00.