Cuentos de la ciudad de México
Semana Mayor
Una de estas noches tomaba yo en un cafe la colación que se usa entre gentes de buena conciencia. Era ya hora solapada en que se nace, se muere y se ama. Con todo, México fingía una necrópolis. Yo, sin ser la capital, sentíame otra necrópolis. Con la diferencia de que en mí no se recataban alumbramientos, ni agonías, ni el vértigo equidistante de la cuna y la fosa.
Me limitaba a estar un poco triste, según corresponde a un coetáneo de la filosofía médica y de los histólogos que padecen de literatura. Carmelita, mesera 5 con un 5 dorado en un redondel de luto, evolucionaba a mi alrededor, zalamera y ladina. Carmelita, mesera 5, va a ser suprimida por la moral del gobierno del Distrito. ¿Qué habría opinado sobre esto monsieur Bergeret? ¡Pobres sacerdotisas del café con leche! No pude ponerme a tono con Carmelita, mesera 5, porque su problema económico agravado por la virginidad del Palacio Municipal, nublábame de conmiseraciones baladíes. Y como si no fuera bastante la carga melancólica de la fecha, he aquí que en el tablado de la dudosa orquesta descubro, de violín, a mi antiguo conocido, el sacristán de la Tercera Orden en San Luis Potosí. Los que no sois clericales (¡oh, hazaña!) no estáis capacitados para sentir la tragedia de un sacristán convertido en violinista. Yo interrumpí mi colación para ir a preguntar al sacristán qué pieza acababan de tocar. Con el rubor consiguiente a su metamorfosis, me mostro su papel pautado: "Beautiful Spring". ¡Cristo me valga! ¿Querrán Alfonso Cravioto, Juan León o José Romano Muñoz hacer algo por la educación de mi sonoro sacristán? ¡Si se negasen a ello en atención a que se trata de un violín reaccionario...!
Yo, en realidad me considero un sacristán fallido. En mi quiebra matizo la Semana mayor con mi violín jornalero. Y recuerdo los Jueves Santos en que Matilde, que era tan alta como una buena intención, glacial como los éteres, blanca como un celaje de plenilunio y fértil como un naranjo, lucía, por la breve ciudad, su mantilla y su cintura afable. Matilde visitaba los monumentos. La patricia negrura de su traje frecuentaba los templos en el día eucarístico. Mi punible promiscuidad asocia siempre a Matilde con las palabras de la Cena: "He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros". (¡No puedo citar en latín, para que no me juzguen pedante!) Porque la ciudad era espléndidamente solar y porque las señoritas de rango que poblaban sus calles vestían de tiniebla ritual, aquellos Jueves Santos sugeríanme una espaciosa moneda de plata manchada de tinta.
Matilde, gota de tinta, celaje, éter, naranjo, buena intención; yo sé que hoy penas, desterrada y alcanzada de dinero y sin temor a convertirte en estatua de sal, vuelves la cabeza al predio vernáculo. En la Semana Mayor de tu destierro, para consolarte, yo te ofrecería en la palma de la mano una reducción de la moneda de plata manchada de tinta. Como las aldeas microscópicas que, edificadas en un cartoncillo, halagan el instinto de posesión de los niños.
Los Viernes Santos en torno de la cruz viuda, con sábana o sin ella en los brazos, según la exégesis de los capellanes, apretábanse, compungidas, las gotas de tinta, sin que la compunción les estorbase soslayar a los novios. Por las vertientes del Calvario ascendían las almas de la Agua Florida, de la Agua de Colonia, de Las Flores de Amor..., toda la perfumería bonachona del Pésame. ¡Ceremonia patibularia, contrita, perfumada y amatoria!
Matilde se casó. Si antes la califique de glacial es porque me helaba su talle fugitivo, como los éteres al evaporarse. Pero pocas personitas he conocido tan efusivas como ella. Su ternura brindaba el apasionado buen gusto de una madreselva que hablase. Matilde, al casarse, me produjo una pena de las hondas. Con mi escasa afición a la lógica, yo la había soñado fértil y estéril. Una noche, al filo de las diez, la vi andar por la Plaza de Armas, con precavida lentitud. Supe luego que cumplía con una indicación facultativa. La madreselva justificaba su nombre, su cruento nombre.
Matilde, celaje, gota de tinta, naranjo, éter, buena intención y madreselva; en los atardeceres desamparados en que la ventisca de marzo sacude las frondas mi ansiedad, y en que la uña ilustre de la luna disemina calosfríos vesánicos, me encamino a tu calle para asomarme a tus vidrierias y aliviarme con tu figura, todavía adorable. Estiro el cuello, atisbando a tu sala improvisada. Tus hijos juegan, y su juego, que es prenda de la eternidad del dolor, me amarga los sueños retrogrados que te forjaban fértil y estéril. Tus hijos juegan. Tú tienes en el regazo una bola de hilaza, o consultas tu portamoneda, o te miras al espejo, superviviente de tu ruina. Y en la Semana Mayor de tu mayor duelo, yo te ofrecería en la palma de la mano para consolarte, una reducción de la moneda de plata con gotas de tinta...