Cuentos de la ciudad de México

Lota de Loco

Adelaida iba a su trabajo. Eran cerca de las cuatro de la tarde y apresuraba el paso. El jefe no perdonaba retardo alguno. Bien que Adelaida fuera cumplida e inteligente como pocas empleadas, el jefe le mostraba siempre su cara dura y hostil, que ningun recurso femenil y coqueto dulcificaba.

Sin embargo no se podía quejar de su jefe. Pero ya llevaba dos años sin ascender. Ganaba siete pesos diarios. Era lo único con que contaba su hogar, porque a su padre, borracho, rijoso, no lo sufrían dos meses en ninguna parte, y en cuanto a su hermano, fifí de dancing, que se levantaba a las diez de la mañana a pinzarse las cejas, sólo de vez en cuando después de ausentarse toda la noche, y de volver en el auto de aquel señor que solía esperarlo en la esquina, daba diez pesos a su madre y se acostaba a roncar todo el día.

¿Por cuánto tiempo había venido ocurriendo esto? Adelaida no lo recordaba casi. Su mejor recuerdo se asociaba a la "Miguel Lerdo", en donde aprendió taquigrafía, mecanografía al tacto, un poco de inglés. Sus compañeras de entonces se hallaban ahora dispersas; no sabía de ellas. Todas las muchachas habían seguido distintos rumbos. Las alentaba en su ilusión el de aquellas que triunfan en Hollywod. El "Cine Mundial" las enteraba el sueldo fabuloso de fulanita, y un furtivo paseo por la Avenida Madero exhibía ante sus ojos la belleza cosmética y próspera de mengana, que iba en su propio coche, otra nueva desde que el general López se lo dio. No se formularon jamás un programa personal de vida ni de conducta. Los signos de su práctica taquigráfica cifraban sus vagos ensueños.

El día que Adelaida recibió su certificado de examen, el mundo, que había imaginado tan amplio, se le cerro. Ahora era indispensable buscar un empleo. Tenía dieciocho años, tres más que su hermano José. Su hermano José estudiaba en la Preparatoria, porque su padre quería que fuese dentista. Su buena, santa, tonta, abnegada madre, cosía ajeno, y de la Singer en que consumía las tardes y sus ojos, salía cada sábado para el gasto, para el alquiler de la vivienda, para los textos de José y Adelaida para las borracheras del papá. Su padre no la quería. Veía en ella la enemiga que le había sido siempre su abnegada y tonta mujer, nuevamente joven, nuevamente virgen, y en las escenas que solía armar a la medianoche de su regreso, mientras Adelaida lo contemplaba hosca, desde un rincón de la única recámara que contenía, en tres camas, su cuadruple descanso nocturno, le gritaba rabioso:

--¡Que haces ahí p...!

Este recuerdo quemaba el rostro de Adelaida. ¿Cómo podía decir eso su padre? Ante la rudeza del vocablo, todos los consuelos que le prodigaba su madre borrábanse en bruma de amargura.


José Pepito, en cambio, era el ídolo de su padre, porque "era muy hombre". Desde que tenía doce años le había dado dinero que gastar y permiso para faltar a su casa una vez cada quince noches. "Es necesario que sea muy hombre, como su padre", decía. La señora como Penélope, hacia girar la rueda de su Singer y objetaba una palabra.

Adelaida no conocía casi a su hermano. Su madre no le permitió, cuando era niña, mezclarse en sus juegos, y la tenía siempre a su lado. Cuando de él la arracó la "Miguel Lerdo", las clases nocturnas, el angustioso evento de la primera mestruación, se colocó un biombo entre la angosta cama de Adelaida y el lado que en la matrimonial del centro ocupaba su madre. Del otro, un viejo diván acogía las fatigas de Pepito, que, acostado ya, encendía los cigarrillos de su padre, en el buró cuyo vaso de noche compartían. Las dos mujeres se acostaban temprano. Los dos hombres ocupaban sus sitios mucho después. Por la mañana, Adelaida transportaba al comedor sus baratos afeites y corría a la escuela.


Pero terminada ésta, su vida cambió de horizonte. Pepito había abandonado los estudios y su padre toda la voluntad de obtener empleo o trabajo. Los dos hombres de la casa no se aparecían por ella sino uno que otro día, sucios, a exigir ropa limpia y silencio absoluto para reparar su agotamiento, largamente dormidos. No andaban juntos, sin embargo, Pepito tenía sus amigos, "muchachos muy hombres de su edad", decía su padre, y en su compañia pasaba el tiempo. Su padre lo empleaba en discutir "con quien podía entenderlo, no con viejas estupidas", de política. Adelaida había observado que sus afeites no eran de su uso exclusivo. La oblea de terciopelo con que ella acariciaba sus mejillas estaba a veces sucia, negra, compacta como si la hubieran usado para limpiar una perspiración masculina. Su rouge y también su rimel disminuian demasiado aprisa para el uso que ella sola les daba, y hubo de advertir una mañana que su hermano se levantó por casualidad, temprano, que alrededor de sus ojos había el cerco negro de cenizas que deja el rimel después de una noche.


Adelaida sabía que en los periódicos no se encuentran buenos empleos, sino particulares, mal retribuidos, con muchas horas de trabajo. Buscólo en una secretaría y, despues de algunas vueltas, lo encontró. Tenía buenas calificaciones, acababan de cambiar al ministro y el nuevo acontecía haber pasado su miserable niñez en un estado de la República, arrimado en la casa de una señoritas Memije de apellido, ahora costureras, amigas de su madre. Milagrosamente fue aceptada sin mayor dificultad y empezó a trabajar. La primera vez que recibió su sueldo no sabía en que emplearlo. Se compró unas medias y se llevo a su madre el resto del dinero y unos cuantos metros de tela para que le hiciera un vestido sin mangas. Su padre no estaba en casa, ni su hermano.


Adelaida no tuvo nunca un novio. En la "Miguel Lerdo" los tenían las demás: chicos estudiantes que las aguardaban con libros bajo el brazo para decirles ternezas, para acompañarlas por la calle. Ella los sentía ridículos. No le inspiraban el menor deseo. Eran débiles, pequeños y sucios, miserables en todos sentidos. Desde el balcón de su clase miraba hacía la calle, largamente abstraída como aquellos chicos fumaban mirando hacia arriba en pequeños grupos sin importancia. Los hierros del balcón la separaban, y la distancia.


Se pertenecía toda entera en la calle. Se fugaba entonces de los demás, del deber, del reloj, del café con leche y de la quietud obligada y desperante de su fúnebre cama. Pero un sentimiento, mezcla de inferioridad y de orgullo, la apartaba de las calles concurridas y céntricas. A su bullicio insustancial prefería procurarse el placer de ser la única mujer en un barrio de obreros que dejaban el taller, de garages que abandonaban al caer la tarde los mozos fuertes y alegres. ¡Que diferentes cuerpos, aquellos que veía en la oficina, que había visto al salir de la escuela, enfundados en un saco ridículo, llenos de piezas y botones, con piernas magras y manos huesosas, y éstos que envolvía la línea directa y pura del overol, en dos brazos iguales y armoniosos, con esas manos fuertes que perfumaba el sensual aroma del aceite! Su hermano, todo el grotesco aspecto de su hermano, que veía multiplicado por todas partes con su cara polveada, apretadamente peinado, la precipitaban en asco institivo e iresistible hacia otras clases de hombres que en nada se lo recordaran y que no le ofrecieran tampoco un matrimonio tras del cual vendría el inevitable ritornelo de su padre y su madre, y un nuevo emplazamiento en la especie para la felicidad explosiva y final del individuo.

Poco a poco su deseo tomaba forma concreta. Se prometía. Sí... Y este condicional referíase siempre a sí misma. Sí yo tuviera valor... Es necesario que yo tenga valor. Que el hombre que yo elija posea mi cuerpo cuando yo lo decida. Sólo la aterraba la perspectiva del embarazo. No por sus padres, con quienes nada la ligaba sino la costumbre, sino por la incomodidad personal. Ella era suficiente a sí misma. Su madre lloraría pero nada más. Su padre quizá la librara de su presencia, y en cuanto a su hermano, podría hacer lo que quisiera. Ella alquilaría un cuarto, un solo cuarto en que la rodearan unas cuantas cosas predilectas. Comería en cualquier parte, iría a trabajar y aguardaría a su amante, en la noche, para exprimir en sus brazos toda la dolorosa dulzura de su cuerpo.

Pero cuando en el día proyectaba comprobar sus ensueños solitarios, hallaba que no les ofrecía sitio el mundo. El reloj era su amo, el que la hacía atravesar bajo luz idéntica las mismas calles indiferentes, llegar a su oficina, abrir su máquina. Entonces la mujer desaparecía, y su cerebro despachabe fríamente las mismas fórmulas. "Tengo el honor de acusar a usted recibo de su atento". "En contestación a su atento oficio número". Sus dedos danzaban alegremente en el teclado y el carro avanzaba a pequeños golpes. Las letras surgían, erectas, a la presión de su dedo, y dejaban su fuerte huella en el papel. Llovían, manchábanlo. Y Adelaida arrancaba los oficios y las cartas con un gesto decidido y seguro, que producía el ruido seco de un desgarramiento.

Esta es una recopilación de cuentos de la ciudad de México escritos en el siglo XIX.
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