El Hombre del Cheque
Al fin, en su bolsa, el cheque de aquel descuento injustificado. Un cheque de la Tesorería, un rectángulo de cartoncillo, tan grande como para dar cabida a bastantes números, fechas, firmas, sellos, perforaciones y otras particularidades burocráticas, como esa de firmarlo dos veces, al recibirlo y al cambiarlo. Este cheque suyo, naturalmente ya estaba firmado. Su segunda firma, por cierto, poniendo término a una larga cadena de trámites, le había producido una gran alegría de vivir. El cartoncillo estaba convertido punto menos que en dinero.
El hombre caminaba por la calle de 16 de septiembre hacia el edificio de una conocida mueblería. Bulliale la idea, una serie de ideas que indirectamente estimulaban la agilidad de sus pasos.
--Diría --pensaba-- que todo, últimamente, viene sucediéndome de manera imprevistamente halagüeña. Por ejemplo, el cheque. Ha llegado en momento tan propicio, que se halla fuera del presupuesto; cubiertos los gastos de la quincena, el cheque resulta caído del cielo; esto es, no para tener que cambiarlo en el pago de la luz, de la renta, del gas o del gasto, ni siquiera de una pequeña deuda, sino para realizar un deseo, una compra cualquiera, aunque inútil...
¿Una compra cualquiera? Cuando el hombre feliz de nuestro relato se halló en la tienda, vio todas esas maravillas --al contado y en abonos-- que venden los grandes almacenes de la capital; estufas, lámparas, lavadoras, vajillas, bancos, mesas, en fin, miles de objetos, muchos más posiblemente, que los que pueden caber en una casa no muy espaciosa.
Mezclándose a la diversidad de las mercancías, las infinitas explicaciones agente de ventas empezaron a confundir el espíritu alegre del hombre del cheque. Su felicidad fue estropeándose entre deseos y precios.
Llévese este sófa, es una ganga; compre está alfombra, está muy rebajado el precio; no se pierda aquella lampara, el pergamino parece antiguo; compre...
El hombre con el cheque en el bolsillo, no sabia qué comprar. No era ocasión de hacer caso al dependiente, comprando esto y aquello, sino de escoger algo muy bonito y claro, si posible útil y no muy caro; en última instancia, el precio de su compra debía ser igual a la cantidad del cheque. Reflexionó. Con esa cantidad, imposible comprar nada entre las cosas caras.
Consecuentemente se negó a interesarse por el examen de un escritorio y una silla que, a juicio del vendedor era un regalo. El agente, que ignoraba la existencia del cheque, menos aún imaginaba que se trataba de un cheque insignificante. El hombre, por mantenerse feliz, pensaba en una compra a su alcance. Acaso un juego de pluma fuente y un lapicero. Un reloj. Una vajilla... El hombre se aturdía, se derrumbaba.
El agente de ventas, en cambio, parecía cada vez más entusiasmado: "Compre esto, aquello... No se arrepentirá..."
El hombre del cheque no supo contenerse:
Perdóneme --dijo--; me siento muy mal... Volveré otro día
Y salió apresuradamente, casi corriendo.
¡Que alivio, en la calle! El gasto del cheque pudo haber sido lamentable. ¡Ah, si hubiera caído en la tentación de comprar el "pulman" de mil ochocientos pesos, tendría ahora que pensar en nuevos abonos! Se trataba en realidad de hacer una pequeña y hermosa compra, en la que sobrara la mayor parte del dinero. En la esquina de la calle se detuvo. Consultando su reloj -- las tres de la tarde--, el hombre comprendió que debía llegar a casa, dejando el cambio del cheque, o la compra de lo que fuere, para después de comer. Su esposa lo esperaba con la mesa puesta. Y tendría que esperarlo cuarenta y cinco minutos más, el tiempo del "camión".
De súbito, la alegría renació en el hombre. Tomaría un "coche". Se daría ese lujo, gastando uno de los cuantos billetes que ahora, por obra y gracia del cheque, resultaban menos decisivos en el transcurso de la quincena. Llegaría a su casa en pocos minutos, comería y haría proyectos. En efecto, su esposa debía tener participación igual en la elección de la compra. Bien estaba que no hubiera comprado nada. Así los dos decidirían...
El "coche" se hacía esperar. Pasaban, uno tras otro, tranvías, ómnibus y automóviles de alquiler todos ocupados.
--Si pudiera comprar un automóvil --suspiró
Pasó un taxi libre. El hombre queriéndose hacer advertir del chofer, lanzo una especie de silbido que apenas alcanzó a salir de sus labios. El automóvil pasó de largo.
--¡Estupido! --exclamó, sin precisar persona.
Un instante después, casi adelantándose a la seña --esta vez hecha con la mano-- un coche se detuvo ante el hombre.
--¿Cuanto a la esquina de Cuernavaca y Michoacan?
Lo que marque el taximetro más un peso: soy de "sitio".
Señorial, el hombre subio al vehículo, cerrando la portezuela con gran estrépito. Luego enfrascándose en sus pensamientos, intentó olvidarse del precio que le costaba ese pequeño lujo de hacerse conducir a su casa.
Lo que pasa --se dijo-- es que necesito ser rico tener automóvil propio y, por supuesto, una chequera; entonces diez pesos, veinte digamos, no tendrán valor para mí...
El hombre se apeó frente a la puerta de su casa, pagó la "dejada", cerró la portezuela sin no menos estrépito y (acaso lamentando que nadie lo había visto llegar en automóvil) penetró en uno de esos edificios llamados modernos de cinco pisos y cuarenta departamentos. Subió la escalera hasta llegar al cuarto piso. siguio por un corredor y, al fondo, tras la puerta señalada con el número treinta y cuatro, pasando una mínima estancia (sala-comedor), en la cocina, el hombre encontró a su mujer.
--¿Que piensas que traigo? --le preguntó abranzadola cariñosamente.
Ella se retiró un poco para verlo. El tenía las manos vacías. Ningún paquete o bulto se advertía en las bolsas de su traje. La mujer respondió:
--El cheque. ¿Me equivoco?
¿Cómo lo adivinaste?
--Tú me dijiste hace días que lo tendrías esta semana. ¿De cuánto es?
El hombre sacó el cheque, lo vio un instante y se lo pasó a ella, quien leyó:
--Seiscientos noventa y cuatro pesos, setenta y ocho centavos... ¿Eso te debían?
--Lo ignoro. Creo que sí... En fin, tú sabes; estas cosas...
Bueno. Algo es algo. ¿Y qué piensas hacer?
Quiero que decidamos tú y yo.
Ella sonrió halagada.
--Siéntate a comer --dijo--. Yo acabo de hacerlo creyendo que ya no venías. Te esperé hasta las tres y cuarto...
--Me pagaron muy tarde --respondió el, olvidándose a medias de su pérdida de tiempo en la tienda. ¿Sabes? Quisiera que fuéramos juntos a comprar algo que te guste.
--Ciertamente, muchas cosas podrían gustarme. Y gustarte a tí, que es más difícil.. Pero, ¿no crees que debemos guardar ese dinero para algún gasto imprevisto que se nos presente?
--Por eso, mujer; este dinero que nos llega a manera de superávit imprevisto, debe ser invertido en una compra imprevista. Una vajilla por ejemplo
--Sí, sí. Muchas cosas nos faltan o bien merecen ser renovadas. Sí pero, imagínate que tú o yo caemos en cama...
--Tú y yo nunca nos enfermamos. No tengas miedo del mañana. Por ahora, que yo sepa, podemos ser felices y tenemos derecho a serlo...
Comía con apetito. Su mujer, atendiéndolo entre la cocina y el comedor, encontraba momentos para sentarse frente a él:
--Tienes razón --dijo-- Tú debes sentirte como yo, casi feliz, como si tan sólo te faltara una pequeña cosa para ser enteramente feliz...
--¿Cual puede se esta cosa?
--He aquí lo dificil. ¿La compra de una vajilla por ejemplo, podría hacerte completamente feliz? por lo pronto, creo que seríamos muy felices los dos, si tú te compraras una bonita camisa, dos o tres corbatas, algún par de calcetines; por mí yo me contentaría con uno o dos pares de medias... El resto, algo que sea debemos guardarlo para un imprevisto menos desagradable.
--Tu idea me parece excelente. ¿Vamos ahora mismo? Para que veas que soy equitativo, gastaremos cada uno la misma cantidad.
Bueno, si te empeñas, pues hoy me toca planchar...
--Mañana mujer; ahora estamos de fiesta. Yo me comprare una camisa de ochenta a cien pesos, dos corbatas de cuarenta pesos cada una, y por no dejar, uno o dos pares de calcetines. Tú puedes pensar en dos o tres pares de medias y en alguna otra cosa... Doscientos pesos para cada uno. Vistete, pues, arréglate...
--Cinco minutos --pidió ella, y desapareció en la recámara contigua.
El hombre, satisfecho, daba los últimos sorbos a su taza de café, en tanto fumaba un cigarrillo.
El gastó, exactamente doscientos quince peso, cincuenta centavos; ella gastó ciento ochenta y cuatro pesos, cincuenta centavos.
Quedaban en "caja" doscientos noventa y ocho pesos, setenta y ocho centavos. Contentos de sus respectivas compras, marchaban por la calle platicando animadamente. Cada uno llevaba su paquete bajo el brazo. Ella descubrió de subito, que caminaba en sentido inverso, alejándose de la línea de autobuses. Dieron vuelta atrás.
--Nena --propuso él--: podríamos quedarnos a merendar por aquí en "La Flor de México", por ejemplo; ¿No te agrada la idea?
Bueno, si quieres seguir gastando...
Quiero ahorrarte molestias, Nena. ¿No dijimos por lo demás que hoy estaríamos de fiesta?
--Sí gracias; me acuesto todos los días tan cansada...
--Pero no quieres buscar una criada, Nena.
Sonriendo, ella cambió de conversación:
--Con algo más que compráramos podríamos cenar muy bien en la casa; compré esta mañana dos costillas de puerco, para hacerlas con puré...
No, ya dijiste que sí. Mañana nos comeremos las costillas.
Casi llegaban al restaurante cuando surgió ante ellos otra pareja; él un periodista; ella, una pintora; uno y otro bien conocidos del matrimonio. Se saludaron cordialmente. Comentaron algo sobre el tiempo que habían pasado sin verse, por estar muy ocupado los cuatro. La pintora los invito a cenar en su casa "una noche de la semana entrante". Sumando su concurso, el periodista que le reservaran un sábado, para reunirse a comer a las dos de la tarde.
--¿Por que no cenamos juntos hoy mismo?-- propuso el hombre del cheque.
Su mujer, disimuladamente, quiso decirle algo, oprimiendole el brazo. Quizás él si notó la señal, la tomo como una simple muestra de afecto. Prosiguió en su idea.
Aceptaron los amigos. La Nena sonrió con visible complacencia y pasó entre el periodista y la pintora, aunándose al paso de su marido, que abría ya la marcha hacia el restaurante. La otra pareja empezó a caminar tras ellos, casi pisándoles los talones. A poco andar, los cuatro amigos reían alegremente.
En la célébre pastelería sólo encontraron desocupada una mesa mal emplazada, cercana al servicio de la cocina. Comentando su mala suerte, volvieron a reír con alegría. Decididamente, todos manifestaban un magnífico humor.
Ustedes vienen de compras, ¿verdad? --apuntó sagaz el periodista.
La pintora dijo:
Me gustaría retratarlos, desnudos, como el Adán y la Eva del siglo veinte.
Menos malo --dijo el hombre-- que no se te ha ocurrido tomarnos un "film".
La pintora respondió:
--En este sentido, el de retratar el Adán y la Eva de nuestra época, el film no puede darnos el tipo universal. Sobre el movimiento, la historieta. Si ustedes son como yo me los imagino desnudos, podríamos hacernos famosos pintándolos en medio de nuestro moderno paraíso, la casa de apartamentos...
El periodista intervino:
Me gusta la frase: la casa de apartamentos es nuestro pequeño paraíso...
El caso de Adán y Eva --aclaró el hombre del cheque-- ya no es bíblico; es, en todo caso, dantesco, cosa de esferas, de círculos: es decir, de todas esas tres partes del mundo católico: infierno, purgatorio y paraíso. Una casa de apartamentos puede estar construida, enclavada en cualquiera de esos círculos.
--¡Perfecto! La frase ha quedado completa. La casa de apartamentos es el infierno, el purgatorio o el paraíso, que todo hay en la viña del Señor, en el que Adán y Eva continúan viviendo su sempiterno drama.
El hombre del cheque prorrumpió:
--Esto nos dijo hoy, en entrevista especial, la célebre pintora Xenia, mostrándonos su último cuadro: Adán y Eva en paños menores o el departamento moderno de los recién casados...
La pintora se defendió:
--Adán y Eva valen por su limpia desnudez. La hoja de parra es, en el fondo, tan ridícula como los paños menores; perdida su limpieza, Adán y Eva carecen de interés...
El periodista precisó:
--Xenia, me parece que la cosa es al revés: Adan y Eva nos interesan como semidioses en el paraíso, sino como hombres, hombre y mujer, en la Tierra; que se hayan vestido, y que cada día intenten vestirse con mayor elegancia, prueba de que han evolucionado mucho, concediendole a la desnudez su vedadero encanto de discreción e intimidad.
Hay allí una falacia --objetó la pintora--. Adán y Eva han perdido su antiguo y limpísimo concepto de la desnudez. Ahora se saben ridículos, flacos, mal formados y se esconden el uno de la otra; se aman a oscuras, se tocan sin verse.
--¡Xenia! --protestó la Nena.
Xenia implacable, continuó
--No me explico cómo pueden amarse dos personas que no se conocen bien fisicamente. El cuerpo es el yo, la persona misma. Mientras Adán y Eva solo se exhiban el uno al otro en paños menores y no en toda su desnudez, el amor tendrá algo de pecaminoso, de pudor sucio.
El hombre del cheque tomó la palabra:
--Estoy de acuerdo contigo, Xenia; pero no dejarás de reconocer que el viejo Adán no pudo disfrutar y compartir con su cara mitad el placer que nos damos nosotros, de vestir a nuestras mujeres tan elegantes como podamos para desvestirlas del mismo modo, tan elegantemente como podamos...
El periodista mostró su ingenio:
--Por mi parte, partidiario de la especialización, me parece que la segunda tarea es más agradable para mi gusto. No creo que las dos tareas puedan ser desempeñadas eficientemente por un mismo hombre.
--¡Cinico! --exclamó la pintora.
Como había acabado de cenar, sacó de su bolsa una cajetilla de cigarrillos. Ofreció uno al periodista, que lo aceptó; otro al hombre del cheque, quien declaro preferir sus cigarrillos de costumbre. Puso ella sobre la mesa la cajetila y dejó que su mirada se tranquilizara en el pequeño mar de la tacita de café.
Quieres prender tu cigarrillo? --dijole el periodista, acercándole un bonito "encendedor". Luego se dirigió a su amigo--: Te noto boyante, poderoso, ¿Te sacaste la lotería?
Ni más pobre, ni más rico, hermanito. Para colmo no juego a la lotería
--No te descuides. Si no somos cada vez más ricos, hasta asegurarnos una vejez tranquila, volveremos a ser pobres...
--La riqueza --comentó la pintora-- suele se la peor forma de la pobreza...
El hombre del cheque sonrió, dirigiéndose a su mujer:
--Como ves, Nena, no vale la pena ser rico...
La mujer, sonriendo con aire malicioso, preguntó:
--¿Lo dices en serio?
--¡Oh, no! --prorrumpiendo el hombre--. Nosotros sabemos escapar de la pobreza.
El periodista filosofó
--Hay que ser muy rico, casi inmensamente rico. La pobreza no se arredra frente a los semiricos. Casi siempre los destruye...
--Los empobrece --rectificó el hombre.
Sí, los pauperiza --aceptó el periodista--. La pobreza rara mata; es decir, mata lentamente, dejando a otras plagas y epidemias el desenlace y su correspondiente acta de defunción.
La pintora se dirigió al periodista:
--Tú sueñas con la riqueza. El secreto de saber radica en saber amar la pobreza. La pobreza es, pienso yo, una atmósfera propicia al trabajo creador.
--Xenia --rearguyó el periodista, dando a su voz un mayor énfasis--, el trabajo creador suele requerir mucho dinero. Tu pintura, bien lo sabes, cada día cuesta más. Siempre tendremos que pagar algo. Se no exige, pues, que tengamos dinero, mucho dinero.
El hombre del cheque, aprovechando la presencia de la empleada que se presentó a recoger algunos platos y tazas sucios, pidió la cuenta y habló a su mujer:
--¿Qué te parece, Nena, que vayamos a bailar por allí? Mira que estamos de fiesta.
¿Festejan algo? --preguntó la pintora.
--¡Oh, no! --se apresuro a contestar la Nena. Sólo hemos venido al centro a comprar unas cosas.
--Nena --se interpuso el marido--: dijimos que estábamos de fiesta. Sin motivo mayor claro; lo que pasa es que he cobrado un cheque que ya daba por perdido. ¿Qué más justo, ahora, que la Nena está contentá? ¿Quieres que vayamos a bailar?
--Preferiria volver a casa. Me siento muy cansada --dijo ella con voz débil
--Necesitas divertirte. No se descansa sino divirtiéndose. --Al decir esto, la pintora sonreía burlonamente.
--Anímate, Nena --insistió su marido.
Un automóvil los llevo de la esquina del restaurante hasta la puerta de un centro nocturno. El periodista se apresuró a sacar su billetera y tendió al chofer un billete. El hombre del cheque agradeció tal gentileza, no sin considerarla indebida. Dejaron abrigos y paquetes en el guardarropa y, guiados por un mesero, fueron a sentarse ante una mesa bien situada, desde la que podrían admira la "variedad".
--Coñac, ¿verdad? --invito el hombre. Bueno --ordenó el mesero--: tres copas de coñac; para mi señora, duraznos en almíbar y agua natural, sin nada.
¿Aún no te gusta beber? --le pregunto la pintora a la mujer.
--Creo que nunca podrá gustarme.
El periodista evocó una anécdota. Un hombre --quizás norteamericano-- había preconizado durante cuarenta años el antialcoholismo. Pero, al comenzar la segunda mitad de su vida, había probado el alcohol y, por ende había descubierto la simplicidad de su campaña. "Converso" por sí mismo; es de suponersse que acabó sus días perfectamente borracho...
--La Nena es alérgica al alcohol explico su esposo--. No todos, pues pueden convertirse a las delicias de Baco... ¿Bailamos Nena?
La orquesta iniciaba su programa. El hombre, puesto en pie, ofrecio una mano a su mujer; ella, aceptando la ayuda, también se puso de pie, se enlazó a su marido y empezaron a bailar.
--Prométeme --le pidió ella al oído-- que nos iremos pronto. Te hace daño beber... Además, ¿no piensas que estaríamos mejor en casa?
--Nena, nos iremos tan pronto como termine la "variedad"; mientras tanto, una hora, hora y media a lo sumo, bailaremos... ¡Ah, como antes, Nena!
El hombre se apretó cariñosamente contra su mujer. Ella --acaso también nostálgica-- con igual cariño se apreto contra su marido. La orquesta era, en sí misma, una copa de champaña, una copa de coñac, que alucinaba a la feliz pareja.
--Nena, siempre debemos ser los de antes.
--Antes... antes no bebías.
--Tú sabes. Nena; rara vez bebo más de tres copas, allá cada vez que la ocasión se presenta.
--Tres copas, ¿eh?
--Te lo juro.
La Nena, contenta de escuchar estas palabras, se dejó envolver voluptuosamente por la música.
Ciertamente, como antes --murmuró.
El bailando, constató que amaba entrañablemente a su esposa.
--Aún eres mi novia --díjole.
Terminada la pieza, el matrimonio se unió al público que aplaudía. Aplaudían todos vigorosa, sonoramente. La orquesta inició una nueva música y las parejas se concentraron nuevamente en el baile. Combinándose amor, música y danza, la atmósfera se hacía extraordinaria. La vida resultaba bella, elegante, apasionada. El espejismo por unos instantes se transformaba en absoluta realidad.
Cuandó la pareja volvió a la mesa, la pintora y su amigo los recibieron con grandes elogios sobre su manera de bailar. Se habían tomado sus respectivas copas. En la mesa no quedaba sino una copa llena. El hombre del cheque hizo una seña al mesero y ordenó "lo mismo".
--Ahorita los alcanzó --dijo a sus amigos, bebiendo de un solo trago el contenido de su copa.
--Está bueno, ¿verdad? --comentó el periodista.
--En todo caso me ha caído de maravilla. Bailar con mi mujer es ya empezar a emborracharse. ¿No quieren bailar ustedes?
La orquesta tocaba ahora una pieza alegre, ágil.
--¿Seguimos bailando Nena? Si quieres, te espero a que des cuenta de tus duraznos.
--¡Oh, no! Me basta un poco de agua.
Bailen ustedes --volvió a proponer el hombre.
Su esposa, siguiendolo, se acercó a la pista. Se enlazaron y se confundieron, girando, en aquella galaxia de parejas.
El periodista exclamó:
--Se me antoja imitarlos, Xenia.
Xenia se puso en pie:
--¿Sabes bailar?
--Si pones toda tu buena voluntad...
La nueva pareja se sumó a las otras. Mientras tanto, el mesero reemplazó las tres copas vacías por otras, servidas hasta desbordarse, y limpió el cenicero. La orquesta, en su turno, también se derramaba; sus olas, sus velos, sus piernas, toda ella, danzando, vibraba como una diosecilla que estuviera de fiesta en su palacio. Los hombres, las mujeres, sentíanse transportados a semidioses. Allí no había abogados, médicos, jefes, empleados; las parejas estaban solas, paradisíacamente solas, como suelen estarlo en las playas entre los velos de las nubes y las olas del mar. La natación es, entonces, una danza. Y es que la diosecilla puede ser de música, de agua, de cualquier otra sustancia; la pareja --Adán y Eva-- aportarán siempre su mágica carne, su sustancia de semidioses.
Ciertos acordes de la orquesta, al tiempo que indicaban el fin de su tarea, pusieron término a los aplausos del público; la primera "variedad de la noche daba principio. El estrado de la orquesta empezó a girar llevándose a los músicos; por el otro lado apareció --nuevo sol-- otra orquesta y sus músicos correspondientes. Las parejas terminaban de abandonar la pista, acomodándose esta vez para ver bien el espectáculo.
Xenia, encendida en calor prorrumpió:
--¡Bien venido el coñac! ¡Salud!
Vació su copa en dos sorbos y añadió:
--Pero lo que necesito es un gran vaso de cerveza fresca. ¿No tienes calor, Nena?
La mujer respondió:
--Estoy rendida. La orquesta ha tocado sin cesar.
El periodista aprovechó la coyuntura para exponer algunas de sus ideas. Había tenido que hacer una serie de reportajes sobre los centros nocturnos de la ciudad. Seguido por un fotógrafo, recordaba haber ido descubriendo uno a uno los distintos secretos de la vida nocturna; trucos, estratagemas, ardides y una magnífica psicología del mexicano que se divierte de noche. A grandes brochazos se refirió al tipo de centro nocturno que corresponde a cada capa social. Explicó a continuación en qué se diferenciaban dichos centros desde el punto de vista de la verdadera fuente de sus ingresos.
El hombre del cheque, como también había dado cuenta de su segunda copa, llamó al mesero y pidió tres cervezas.
--¿No se te antoja nada, Nena?
--Nada, gracias; aquí tengo aún los duraznos.
--Pues sí --continuo el periodista--; al entrar en un centro nocturno es preciso saber como conviene mejor gastar el dinero. Aquí por ejemplo, la orquesta toca ininterrumpidamente, sin dar tiempo para descansar, ni para tomar; la "variedad", luego, tampoco resulta muy propicia para beber... Se diría que la casa no quiere vender sino música. ¿Y todo esto por qué? Porque hay un consumo mínimo por persona...
Cuando los vasos de cerveza llegaron, el espectáculo comenzaba. Una elegante pareja danzaba --¿cómo decirlo? --espectcularmente elegante. El hombre del cheque estaba inquieto. Las últimas palabras del periodista lo desazonaban. Quería saber qué número debería multiplicar por cuatro: ¿Treinta, cuarenta, cincuenta? Los resultados serían, respectivamente: ciento veinte, ciento sesenta, doscientos. Los números lo atormentaban. Los otros, los números de "la variedad", lo distraían a pesar de todo; en este sentido, de la distracción, no podían ni él ni la Nena considerarse defraudados. La cosa está --pensó-- en no excedernos del "consumo mínimo". ¡Ah, los números! Si mal no recordaba, en el restaurante había gastado cincuenta y dos pesos de la cuenta y seis por el servicio. Sobreponiendose, sentíase contento de estar allí, con su mujer... La cosa idiota era haber invitado a sus amigos. Bueno, ello es que, en realidad, no había por que preocuparse...
Terminada la "variedad", filosofó:
--Siempre hay algo nuevo que divierte en esta clase de espectáculos...
--Sí --dijo Xenia--, se defiende bastante mejor que el circo; la etapa humana del circo es la niñez; la adolescencia, la juventud, perduran más en el hombre. El baile es la etapa del hombre.
--Me gusta la frase --prorrumpió el periodista--. Pero, en rigor, me parece excesiva. En la vida del hombre, el baile no es sino una fuga...
--No pienso lo mismo --terció el hombre--. El baile es un deporte, o bien, todos los deportes son fugas. Bailar es una manera de vivir... ¿No piensas lo mismo, Nena?
--Ignoro si el baile es un deporte. Para mí, bailar es un placer.
Para mí también, Nena; nuestro mas bello deporte.
Xenia rió:
--¿No practican algún otro deporte?
Risas, guiños, carcajadas. La fiesta continuaba, seguía en su apogeo. El estrado de la orquesta había girado una vez más, y ya los músicos de la primera orquesta guiaban los pasos de las parejas que volvían a la pista. El hombre del cheque, por lo demás, había decidido la situación. Dando ejemplo a sus amigos, bebía muy lentamente su cerveza, se iría a bailar con la Nena y no volvería a la mesa sino hasta terminar la "tanda"; arriesgándose --por no dejar-- pediría una cuarta copa y la cuenta. La Nena no se molestaría por una copa de más. ¿Ah si tan sólo pudiera saber cuántas copas quedaban comprendidas en el "consumo mínimo"!
--¿En qué piensas? --le preguntó el periodista.
--Recuerdo a un amigo que habría estado muy contento con nosotros. Hace muchos años --yo todavía no conocía a la Nena-- solíamps presentarnos en lugares como éstos, acompañados de varios gitanos, bailadoras, banderilleros y cosas por el estilo, a quienes mi amigo invitaba. Yo como es natural, corría la mitad de los gastos. Lo curioso, entonces, era que pagábamos con cinco o seis cheques cada uno...
--¿Ah, ustedes eran acaparadores de empleos?
--Nada de eso. Lo que ocurría era que nos pagaban con cheque por cada equis número de horas de trabajo. Recuerdo que mi amigo solía decirme desplegando sus cheques a manera de baraja: "¡A gastar los cartoncitos!" Y claro, no pocas veces amanecíamos en la mas completa míseria, como para pedir prestado... Ello es que, comparativamente, acaso entonces lucía más el dinero...
--El dinero luce... allí donde está --sentenció el periodista. Para no amanecer pobre, es necesario ser muy rico.
--O contentarse con poco --dijo Xenia.
Y saber gastar --terminó la Nena--. Gastar conforme a un plan meditado. No a tontas y locas.
Su esposo sintiendose aludido, respondió:
--Nena, a veces los planes frustran nuestra vida.
¿No te sientes feliz en este momento? El momento, Nena, suele ser más decisivo o más valioso que cualquier otra cosa...
Su mujer exclamó
--¡El pícaro! Si sabré yo lo que éste entiende por momento. Cuando me abordó por primera vez, estás fueron sus falsas palabras: "¿Quiere usted que platiquemos un momento?" Han pasado cuatro años, Xenia...
--Bueno, ¿bailamos un momento?
Riendo, los cuatro amigos se convirtieron en dos parejas y cada una, por su rumbo, las dos se internaron en aquel mar galáxico de la danza.
El mesero se acercó a la mesa, vio las cervezas a medio consumir y se redujo a limpiar el cenicero; salvo el plato de los duraznos, no había nada más que retirar. La orquesta aturdía al mesero, enemigo acérrimo del baile. No le interesaban las "variedades" --¡había visto tantas!-- y sólo en ocasiones se detenía a seguir con los ojos a alguna pareja; esto ocurría, sobre todo, cuando advertía algo inusitado o sospechoso --¡tan diversos como son los clientes!--. Por su parte, el mesero no conocía nada más aburrido que un centro nocturno. Tampoco sabía de nada mas productivo. Hay clientes, pobres o ricos, discretos o vulgares, sobrios o ebríos, que dejan muy generosas propinas. Claro, hay que trabajar (servir las mesas, sonreír a los clientes, mantener a los hijos. El estruendo de la orquesta, como el de las fábricas, es inevitablemente necesario. Como cansarse, como envejecer trabajando. Resignado, el mesero ejercía su oficio meticulosamente.
Por eso, cuando la orquesta finalizó su nueva etapa --anunciando la segunda "variedad"-- y las parejas retornaron a sus lugares, allí estaba el mesero a prudente distancia de todas las mesas de su "jurisdicción", listo para presentarse al primer llamado.
El hombre del cheque, llamándolo, se dirigió a su mujer:
--¿Deseas tomar algo, Nena?
--Bueno, sí; un poco de agua bien helada.
--¡Oh no, Nena! Toma otra cosa... y el agua, claro.
El periodista intervino:
--Sigo considerando reprobable el uso del agua como bebida. Ahora, como componente de ciertas bebidas, no tengo por qué objetarla. El "jaibol", por ejemplo, bien helado es una maravilla.
El mesero entró en acción:
--¿Desea la señora un "jaibolito", o mejor una crema de cacao o una copa de champaña?
El hombre del cheque quiso dar fin a la escena:
--Mire --exclamó--, traiganos tres "jaiboles" y una copa de champaña.
--Yo prefiero otra cerveza --dijo la pintora--. El whisky me revienta.
--Si se vale cambiar --dijo la Nena--, yo prefiero una limonada preparada y muy fría.
--Bueno --ordenó el hombre--, lo dicho una limonada preparada, otra cerveza y dos "jaibolitos". Mientras, yo creo: terminaremos nuestras cervecitas.
--¡Caliente, caliente! --exclamo el periodista.
Sonrió el mesero:
¿Alguna cosilla para comer?
--Por lo pronto, no.
El hombre del cheque sabía su cuento. Preguntaría a su mujer la hora; como sería tarde, él diría que se irían tan pronto como hubiese terminado la "variedad". Así, seguramente, no se excederían del consumo mínimo. Bien consideradas las cosas era preferible deber menos de la cuenta a verse en el caso de no poder pagarla. Con todo, seguía inquietándolo el hecho de no saber nada sobre los precis del lugar. Porque en honor a la verdad sería ridículo beber tan sólo la mitad o menos de la mitad a pagar.
La pintora rompió el silencio:
--Si me hubieran dicho que una de estas noches me vería en el trance de bailar con este tío...
--¡Ten paciencia, mujer! Acabaremos por ser una excelente pareja de baile, tan elegante como ésta que ahora llega...
También cansándose, de jornada en jornada --de "variedad" en "variedad"--, la misma pareja que vieron en la "tanda" anterior, danzaba ya sobre la plataforma que ocupaba la pista de baile, elegantísimos --ella y él--, tal como si estuvieran filmando una danza moderna y fantástica. Vino después una cancionera... y el tiempo se fue pasando. Llegaron las nuevas copas, se brindó y el espectáculo se impuso hasta su último número.
--Empieza el mío, mi número --pensó el hombre del cheque--. Esperemos que la cosa no salga mal.
Salió. El mesero siempre gentil-- presentó una nota por doscientos ochenta pesos. Nuestro hombre acaso palideció. El consumo mínimo era de setenta pesos por persona. Imposible. La Nena --cuatro duraznos en almíbar y una limonada preparada-- no podía haber consumido tal cantidad. Pero, otra consideración más importante lo requería. ¿Tenía todo ese dinero en la cartera? Y aun necesitaba el importe de la propina: veinte, diez pesos; doscientos noventa en total. Sonrió a su Nena (quien le devolvió la sonrisa, simulando no interesarse en ver la nota) y púsose a sacar billetes como quien tiene muchos y sabe sacarlos sin provocar la codicia ajena...
El hombre se detuvo. Metió los dedos en la cartera y buscó algún otro billete. Hizo como que iba a sacarlo, y nuevamente se detuvo.
--Nena, un tanto nerviosa, buscó en su bolsa y, encontrando un billete de veinte pesos y acaso veinticuatro, veintiséis pesos en monedas y billetes menores, le preguntó si bastaba; luego accediendo a sus deseos, le tendió el billete de veinte pesos.
--Bien --dijo el hombre--; cuenta saldada...
La Nena deseando abreviar el pequeño drama, se puso en pie. La imitaron los otros y siguiendola, pronto estuvieron en la calle.
Eran las dos de la mañana. La noche y el día, conjugandose, invitaban a vivir, a ser intensamete felices.
--Bueno --dijo el periodista--, la noche ha estado estupenda. Si Xenia y yo nos decidimos a continuar practicando la danza, creo que bien pronto podremos invitarlos a este mismo lugar.
--¿Es que tú piensas que sabrás bailar algún día? Me marcho. ¿Quieres acompañarme?
Xenia, despidiendose, besó a la Nena en las mejillas, abrazó al hombre del cheque, a quien elogio de rico Mecenas. El periodista besó la mano de la señora, estrechó calurosamente la de su amigo, no sin reiterar su ofrecimiento de invitarlos a reunirse en fecha próxima. Hizo una seña a un taxi y se alejó hacia él con Xenia.
Solos en tanto, el hombre del cheque pensaba que no tenía más remedio que gastar sus últimos diez pesos en un taxi, la mujer intentaba decir algo. Llegó el taxi. Lo abordaron.
¿Estuviste contenta, Nena?
¿Mañana estarás contento tú?
Contigo Nena, siempre...
Sí ¿eh?
El "taxímetro" sonaba como un reloj avaro.
--Para vivir, Nena hay que pagar.
--Razonablemente. ¿No te parece?
--Quería verte contenta.
--A tu modo, ¿verdad?
!Nenita¡
El chofer vio en su espejo, que el hombre del cheque abrazaba a su compañera. Esta apenas se resistió. Se acomodó dulcemente junto al hombre. "Apostaria --se dijo el chofer-- que son marido y mujer. El hombre seguramente ha gastado más de la cuenta. Para que se le quite, daré un pequeño rodeo..."
El "taxímetro" continuaba sonando: toc, toc, toc...